Llegó el día: los mismos de siempre compiten por salvar al país otra vez

Colombia amaneció nuevamente en esa época del año en la que los abrazos son más abundantes que los presupuestos ejecutados y los políticos descubren, de manera repentina, que el pueblo existe. Sí, llegó la temporada de elecciones al Senado, Cámara de Representantes y Curules de Paz, ese evento democrático donde todos prometen salvar al país… justo después de salvar su curul.

En las regiones, la cosa está tan organizada que hasta la democracia tiene patrocinadores. Algunas campañas, según murmuran los pasillos y las cafeterías institucionales, parecen tener más respaldo logístico que un festival municipal: camionetas, eventos, publicidad y hasta ese curioso fenómeno en el que ciertos funcionarios públicos se vuelven expertos en “neutralidad activa”, es decir, ayudan pero sin que se note… o al menos eso creen.

Mientras tanto, en el otro lado del tarjetón están los candidatos que se presentan como recién salidos de una lavandería ética industrial. Se autodenominan “los puros”, “los distintos”, “los que no son como los demás”. Pero cuando uno revisa con lupa, resulta que muchos vienen de la misma familia política, del mismo club de siempre o de la misma foto de campaña que lleva rotando veinte años. Cambian el eslogan, cambian el color del afiche… pero la genética política es la misma.

Eso sí, todos coinciden en algo: son enemigos acérrimos de la politiquería. La combaten con tanta pasión que a veces lo hacen desde dentro… muy dentro.

En medio de esta feria democrática también están las Curules de Paz, un espacio que nació para que las víctimas tuvieran voz en el Congreso. Sin embargo, como suele pasar en este país creativo, algunos partidos tradicionales han descubierto que también pueden “acompañar” esas candidaturas con una cercanía que, dicen ellos, es pura solidaridad política… y no otra cosa.

Todo esto ocurre dentro del más estricto marco de la democracia colombiana, ese sistema maravilloso donde cada cuatro años el ciudadano recibe una misión sagrada: salir a votar mientras promete que esta vez sí eligió bien.

Por eso, queremos invitar a todos a participar este 8 de marzo en esta fiesta electoral. Salgan, voten, marquen el tarjetón con fe y recuerden que en Colombia la democracia no solo es participativa… también es persistente: insiste en que volvamos a creer.

Porque al final, entre promesas recicladas, candidatos impolutos de última hora y campañas milagrosamente bien financiadas, lo importante es que la democracia funcione.

Aunque a veces funcione… a presión.

Bienvenidos, una vez más, a nuestra querida democracia coercitiva.

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