Ganaron las tres maquinarias políticas en el Meta y otras se queman

La jornada electoral dejó claro que en el Meta la democracia funciona… siempre y cuando venga bien aceitada. Y cuando digo aceitada, no hablo precisamente de lubricante institucional sino de esa fina sustancia conocida como mermelada, que en estas elecciones corrió como río en invierno por los pasillos del poder.

Al final, el resultado fue tan sorprendente como ver un caballo en un potrero: ganaron las tres grandes maquinarias del departamento.
Por un lado, la de la Alcaldía de Villavicencio, con su flamante operador Darwin Castellanos; por el otro, la de la Gobernación del Meta, comandada por Milton Carreño; y, por supuesto, la maquinaria agraria con aroma a adjudicación de predios de la Agencia Nacional de Tierras, donde la política también florece con Carmen Mayusa.

Tres maquinarias, tres aceites distintos… pero la misma receta.

Mientras tanto, el autodenominado “ejército de independientes” terminó demostrando que lo único independiente que tenían era el discurso. Porque a la hora de contar votos, varios de los candidatos que se vendían como la renovación de la política terminaron chamuscados.

Entre los más recordados del crematorio electoral están Ximena CalderónMartha SerranoCarlos Vallejo y Luigi Restrepo, quienes durante meses repitieron que representaban algo nuevo… aunque curiosamente muchos de sus apoyos provenían de la misma impoluta clase política tradicional que lleva décadas administrando el departamento como si fuera finca familiar.

Pero donde el espectáculo fue digno de transmisión en cadena fue en el Senado.

El Meta soñaba con tener senador propio, pero al final ninguno de los aspirantes logró llegar al Capitolio, dejando al departamento sin representación directa en la cámara alta.

Entre los damnificados del escrutinio aparece mi caderoncito Alan Jara, quien intentó regresar a la política nacional pero terminó estacionado en el parqueadero electoral. Tampoco le alcanzó al vendedor de piñas, Arley Gómez, que ni haciéndose capturar por levantar la vara en los peajes lo logró.

Y ni hablar de mi Ósquitar Apolinar, que casi gana… tan casi que se quedó exactamente donde quedan los “casi”: en los discursos de agradecimiento.

Ni qué decir de mi Alejandrito Vega, que ya no va más y termina cerrando —al menos por ahora— el capítulo político de su familia. Un legado que venía con historia incluida, especialmente por las figuras de su tío Carmelita Pérez y Marcelita Amaya, nombres que durante años hicieron parte del álbum familiar de la política metense.

Hasta mi Henricito Ladino terminó tostado en el mismo horno democrático, acompañado de otros aspirantes que ya empezaron a practicar la tradicional disciplina política nacional: explicar por qué perder también es una forma de ganar.

Al final, el Meta dio una lección de estabilidad institucional: aquí las maquinarias siguen funcionando perfectamente.
Lo único que cambia son los candidatos que prometen derrotarlas… antes de pedirles gasolina.

Y así terminó la jornada:
unos celebrando victorias,
otros contando excusas,
y el departamento mirando al Congreso… desde lejos.

Pero tranquilos.
Que para las próximas elecciones, seguro volverán los mismos independientes de siempre… con los mismos padrinos de siempre… y las mismas maquinarias perfectamente aceitadas.

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