
Dicen que cuando uno llega a Villavicencio no sabe si vino a hacer turismo o a replantear su vida. Porque aquí el plan no es “ver qué hay”, sino decidir por dónde empezar: ¿miradores con vista de postal? ¿Ríos que parecen filtro de TikTok? ¿Carne a la mamona que hace prometer fidelidad eterna al llano?
Mientras en otras ciudades venden centros comerciales con aire acondicionado como experiencia extrema, en Villavo la estrategia es clara y sin anestesia: #VillavoAquíEstáElLlano. Y sí, aquí está. Con sol que no pregunta si trajiste bloqueador, con arpa que suena aunque no la estés buscando y con atardeceres que parecen campaña publicitaria, pero sin Photoshop.
La oferta turística es tan variada que el visitante entra en crisis existencial. Puede empezar el día en un mirador viendo cómo la cordillera se rinde ante la sabana, luego bajar a un río a recordar que el agua fría también es terapia, almorzar como si no existiera la palabra “dieta” y cerrar la noche con música llanera que obliga a zapatear aunque uno haya jurado que “no baila”.
Aquí el turismo no es solo paisaje; es identidad. Es el sombrero que no es disfraz, es el caballo que no es adorno, es la cultura que no está en vitrina sino en la cotidianidad. Y mientras algunos todavía creen que el llano es solo ganado y silencio, Villavo responde con festivales, gastronomía, aventura, naturaleza y esa mezcla deliciosa entre ciudad moderna y corazón campesino.
La estrategia #VillavoAquíEstáElLlano no es un eslogan bonito para imprimir en pendones; es casi una advertencia: venga preparado para comer más, caminar más, sudar más y querer volver. Porque el llano no se visita… se adopta.
Y si después de todo eso usted regresa diciendo que “no había mucho que hacer”, tranquilo. Seguramente fue porque se quedó encerrado en el hotel viendo televisión. Aquí el plan no llega a la puerta: hay que salir a buscarlo. Y cuando se encuentra, no se olvida.
Villavo no compite con nadie. Simplemente abre los brazos, prende el arpa y deja que el horizonte haga el resto.



